Hace apenas unos días, el Congreso de los Diputados votó a favor de excluir al lobo ibérico del Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESPRE). Esta decisión, defendida por PP, Vox, PNV y Junts, permitirá de nuevo su caza al norte del Duero. Aunque el debate se ha disfrazado de defensa del mundo rural y de apoyo al ganadero, lo cierto es que se trata de una decisión impulsada por intereses a corto plazo y cargada de una simbología profundamente regresiva.
Quitar al lobo del LESPRE no es una corrección técnica ni
una solución real a las problemáticas que sufren los pequeños ganaderos de los
Cameros. Es una claudicación ante un relato que lleva años construyéndose: el
del lobo como enemigo público número uno del campo. Un relato que ha calado no
porque sea cierto, sino porque ha servido para desviar la atención del
verdadero problema que afecta al medio rural: la falta de rentabilidad,
incumplimiento de normas como la Ley de la Cadena Alimentaria, el abandono
institucional, la falta de relevo generacional, y la falta de políticas
públicas que de verdad apoyen a quienes todavía hoy intentan vivir del
territorio.
Resulta fácil cargar todas las culpas contra el lobo. Es un
animal salvaje, potente, con una carga simbólica que arrastramos desde los
cuentos infantiles y los miedos ancestrales. Frente a él, la imagen del
ganadero como víctima indefensa es potente y efectiva. Y, sin embargo, la
realidad rara vez es tan simple.
Sí, existen ataques al ganado. Negarlo sería injusto. Pero
también es cierto que esos ataques no son la causa estructural de la crisis del
sector ganadero. Los datos están ahí: los precios que se pagan por la carne o
la leche, los recortes en servicios públicos, la despoblación, la presión de
los intermediarios y las grandes superficies... Todo eso tiene mucho más peso
en la asfixia del mundo rural que la presencia del lobo.
Y hay un dato clave que suele quedar fuera del debate: el incumplimiento
sistemático de la Ley de la Cadena Alimentaria. Una ley que, sobre el papel,
protege a los productores primarios exigiendo que nunca cobren por debajo de
sus costes de producción. Sin embargo, esa ley se viola cada día, con contratos
abusivos, precios irrisorios y un sistema de distribución que exprime al
ganadero mientras engorda los márgenes de supermercados y grandes marcas.
¿Dónde están los controles? ¿Dónde las sanciones?
Pero claro, el lobo —a diferencia de los lobbies
agroalimentarios— no tiene voz, ni abogados, ni campañas de imagen. Se le puede
culpar de todo, incluso de lo que no tiene nada que ver con él. Y así se
construye un enemigo artificial que distrae de los fallos reales del sistema.
Los defensores de la medida con nuestra Consejera de
Agricultura, Ganadería, Mundo Rural y Medio Ambiente, Noemí Manzanos insisten
en que esto no significa una “barra libre” para cazar, sino que permitirá una
gestión “racional” del lobo. La pregunta es: ¿qué entendemos por racional?
La experiencia, tanto en España como en otros países, ha
demostrado que la caza no reduce de forma eficaz los conflictos con la
ganadería. Al contrario: al eliminar ejemplares sin una estrategia precisa, se
desestructura el comportamiento de las manadas, se incrementan los ataques
erráticos y, en muchos casos, el problema se agrava. Un lobo joven sin
referentes adultos, sin territorio claro, sin jerarquía social, es mucho más
propenso a atacar ganado. Paradójicamente, la persecución descontrolada puede generar
más daño que el que pretende evitar.
Frente a eso, existen alternativas. Hay ganaderos que han
aprendido a convivir con el lobo usando medidas de prevención: perros mastines,
vallados eléctricos, pastores eléctricos nocturnos, y sobre todo, una
vigilancia activa del rebaño. Son métodos que requieren esfuerzo y
acompañamiento, pero que funcionan. La clave está en el apoyo de las diferentes
administraciones públicas, la formación, las compensaciones ágiles y justas, y
una política rural que no sea cosmética, con mejores accesos a la sanidad, a la
educación, transporte público...
Más allá del conflicto inmediato con la ganadería, la
exclusión del lobo del LESPRE supone una ruptura con la visión ecosistémica que
deberíamos estar defendiendo en plena crisis climática y de biodiversidad. El
lobo no es solo un carnívoro más: es una especie clave en la cadena trófica, un
regulador natural de herbívoros salvajes, un agente que mantiene el equilibrio
en los ecosistemas. Donde hay lobo, hay menos sobrepastoreo, menos jabalíes
descontrolados, más diversidad. Su papel es esencial, y eliminarlo o reducirlo
a un problema de “orden público” es un error ecológico de gran calibre.
Además, esta medida lanza un mensaje peligroso: que la
conservación es negociable, que las leyes pueden modificarse al antojo de
intereses puntuales, que basta con hacer ruido para tumbar avances que han
costado décadas. No se trata solo del lobo. Se trata de qué valores rigen
nuestras decisiones colectivas, de qué tipo de relación queremos tener con la
naturaleza, de si aspiramos a coexistir o a dominar a golpe de decreto y
escopeta.
Y se trata, también, de una política agraria profundamente
incoherente. ¿De qué sirve proteger la producción ganadera si no se garantiza
que los productores cobren un precio justo por sus animales? ¿Por qué el Partido
Popular no discute con la misma urgencia los abusos de la gran distribución o
la falta de control sobre la Ley de la Cadena Alimentaria?
Necesitamos otras políticas para el medio rural. Uno que no
enfrente a las personas con la fauna, sino que promueva la convivencia. Que
entienda el territorio como un espacio vivo, no como un campo de batalla. Que
reconozca el papel del ganadero, pero también el del conservacionista, el
científico, el voluntario ambiental, el joven que quiere volver al pueblo.
Todos cabemos si se hace bien.
Y hacer las cosas bien no es abrir la veda al lobo. Es tener
el coraje de repensar el modelo, de financiar medidas de prevención, de
modernizar la gestión del territorio, de garantizar precios justos al
productor, de cumplir de verdad la Ley de la Cadena Alimentaria, y de
revalorizar la biodiversidad como una riqueza, no como un obstáculo.
El lobo no es el culpable. Es, en todo caso, una víctima más
de un sistema que lleva tiempo dejando atrás a los suyos.